Hace unos meses, leyendo “El Canto Del Viento”, esa magnífica obra de don Atahualpa Yupanqui, quedé completamente convencido que, tal como sostienen los grandes escritores que se han dedicado investigar sobre la vida y el legado del gran juglar argentino, es éste trabajo el que mejor lo representa.
Escribe: Enzo Rodríguez

TIERRA DE MÚSICOS

ATAHUALPA YUPANQUI

Hace unos meses, leyendo “El Canto Del Viento”, esa magnífica obra de don Atahualpa Yupanqui, quedé completamente convencido que, tal como sostienen los grandes escritores que se han dedicado investigar sobre la vida y el legado del gran juglar argentino, es éste trabajo el que mejor lo representa.

En él encontramos relatadas poéticamente las memorias de don Ata sobre sus años mozos, cuando aún era Héctor Roberto Chavero y estaba muy lejos de, siquiera, soñar con dedicarse al canto. Aun así, describe maravillosamente sus andanzas por los rincones de la patria y todo lo que vivió, conoció y respiró. Sus pensamientos, sus sentires, su indomable deseo de ser un eterno trashumante y el paisaje, siempre el paisaje que lo atraviesa de lado a lado como una certera puñalada. Es decir, no es ni más ni menos que el relato de la gestación del artista que, años después, seria conocido como Atahualpa Yupanqui.

Dos hechos me emocionan y a la vez me despiertan curiosidad con esta obra: El gran porcentaje de la misma dedicado a su paso por Entre Ríos y el párrafo que, textualmente, dice:

 “Flotaban en el aire entrerriano los versos de Fernández Espiro, de Andrade, de Panizza, de Saraví… Allá, por Feliciano, el moreno Soto levantaba sus coplas en la noche, entre el gramillal de los Kennedy. En Diamante se desvelaba el chango Tejedor, la más dulce voz de esa costa…”

Quien fue el chango Tejedor?..  Como podía ser que las personas relacionadas a la cultura y a la historia de nuestra ciudad jamás hubiesen oído hablar de él?... Y lo que era aún más extraño, como se explicaba que mucha gente supiese que Yupanqui vivió un tiempo en esta provincia y que, a la vez, se desconociese casi todo sobre sus vivencias en ese período?

Era extraño, realmente.

A las pocas semanas me entero de un hecho que podía echar luz sobre lo que, para mí, era todo un misterio: Víctor Acosta, el poeta, músico, compositor y escritor diamantino publicaba su séptimo libro titulado “Con Yupanqui y en Montiel - Rastreando sus huellas por Entre Ríos”.

Concerté una charla con él para que me contara sobre su trabajo de investigación, el cual ameritó la publicación de ésta obra, y los misterios que fue develando en su andar tras los pasos de don Ata por estas tierras.

Me recibe en el sitio donde diariamente desempeña su trabajo y en el que, tal vez, ambos nos sentimos más que cómodos: Una biblioteca. No se me ocurre un mejor marco para hablar sobre un hombre que se sentía orgulloso de haber nacido en una “familia pobre, pero con libros”, y que su misma formación autodidacta lo llevó desde muy temprana edad a conocer, no solo a autores argentinos de temática costumbrista, sino también a Cervantes, Nietzsche o los clásicos griegos.

“En realidad esto comienza hace mucho tiempo. Una vez, escuchando su milonga “Sin Caballo y En Montiel”, me puse a analizar detenidamente cada estrofa y llegué a la conclusión que en cada una de ellas había muchísima información… Es decir, creí estar seguro que no era una obra para tomar así nomás, como al paso, sino que cada estrofa tenía un misterio a develar, algo mucho más profundo que, por supuesto, tenía estrecha relación con Entre Ríos, que es lo que a mí me interesaba.

Fue así que al pasar los años, comienzo a investigar sobre el tema aunque sin saber si lograría reunir material suficiente como para un libro. Si a poco de transitar el tema llegaba a mi techo, seguramente abandonaba el proyecto porque, me parecía a mí, era innecesario un trabajo de dos o tres páginas cuando ya grandes escritores y periodistas como  Fiorotto o Riani lo habían hecho… Por suerte, había mucho más por conocer.

 El título del libro lo elegí haciendo un paralelismo con la milonga de Yupanqui, porque fue ella la que despertó en mí el deseo de asomarme a éste tema.”, nos cuenta  Víctor.

En 1929, con 21 años, el joven Chavero decide dejar Buenos Aires después de haber pasado necesidades por más de tres años, y elije como destino la provincia de Entre Ríos. Su situación económica era tan precaria que, como cuenta en “El Canto del Viento”, debió vender hasta su guitarra para poder trasladarse junto a su esposa hasta ésta parte del litoral argentino.

“Fijáte vos”, continúa Víctor, “El sentimiento que tenía por Entre Ríos y lo importante que fue en su vida que, de esa obra, tres capítulos completos son dedicados a nuestra provincia: “Entre Ríos”, “Sin Caballo y en Montiel” y “Genuario Sosa, un entrerriano”. A propósito de este último relato, contactándome con el prestigioso paleontólogo Schubert Flores Vassella, descubro en su trabajo “Hombres y caminos. Yupanqui, afiliado comunista”, que el relato sobre Genuario lo había escrito en la década del 40’ aunque se lo conoció en el 65’, cuando se publicó “El Canto…”… La única diferencia entre uno y otro es que en el libro, suprime del original un breve párrafo en el que alude a la persecución política que sufría al momento de escribirlo, seguramente para no generar el mal entendido de que hacía referencia al gobierno actual… Viste como termina ese relato sobre Genuario?: “…Ahora, desde hace un tiempo, descansa bajo los talas, en un perdido rincón de Cuchilla Redonda. Tierra entrerriana lo cubre. ¿Qué mejor bandera?”… Que cosa más bella…”

En el tiempo que estuvo en Entre Ríos, Atahualpa residió en diversos lugares como Sauce Norte, Altamirano o Urdinarrain para, finalmente, radicarse en Tala, en el centro de la provincia de Entre Ríos, donde decidió armarse su rancho. En todo ese periodo, debió realizar los más diversos oficios para paliar la pobreza, la mayoría de ellos muy ingratos. Es en Tala donde funda el diario “La Voz de El Tala”, en el que escribía columnas sobre asuntos sociales como casamientos o bautismos y, como sobraban columnas en blanco las llenaba con poemas de autores como Pedroni o YamandúRodriguez. Después de algunos pocos números, el diario cierra por “abundancia de escasez”.

“Es estando en Urdinarrain, donde subsistía trabajando  en los galpones de Goldaracena, que nace su primera hija, otro hecho importantísimo que lo une aún más a Entre Ríos. Yo tuve acceso al acta de nacimiento y descubro un hecho muy curioso. En la misma consta que comparecen ante la autoridad pertinente el sr. Chavero, Héctor Roberto, de 30 años de edad junto a su esposa Martínez, María Alicia, de 30 años, quienes declaran que el día 28 de Julio de 1931 ha nacido una hija en común que llevará el nombre de Alma Alicia… Lo curioso es que en el año 31’, Atahualpa tenía 23 años (nació en 1908), y no 30 como declara en el acta… Por quéhace ésto? El motivo es que en esa época estaba mal visto que la mujer fuese mayor que su esposo. María Martínez si tenía 30 años, pero Atahualpa, siendo menor, declara, como un acto de grandeza, tener la misma edad de su esposa. María Alicia Chavero falleció muy joven y no dejódescendencia.

Gracias a Hugo Spiazzi, tuve la oportunidad de acceder a un reportaje que oportunamente le realizara, antes de que ésta falleciera, a la hija de la persona que le prestaba la guitarra a Yupanqui… Y por qué digo que era ésta guitarra la que le prestaban a don Ata y no otra? Bueno, es simple: Porque con otra guitarra no podía tocar. Yupanqui era zurdo y, para ejecutar el instrumento, debía tomarse el trabajo de cambiar completamente el orden de las cuerdas. Es decir, nadie podía utilizar la guitarra con la que tocaba él, por eso éste señor, Juan Araujo, le prestaba ese instrumento en particular para que la utilizara exclusivamente. Esa misma guitarra, con su firma en la caja, se encuentra exhibida en el museo de Urdinarrain… Y en ese mismo reportaje, relata Acosta,ésta señora, ya anciana, recordaba que su madre y algunas tías siempre contaban que cuando nació la hija del “Negro” Chavero, como lo llamaban, eran tan pobres que entre todas las madres se juntaron para tejerle batitas y ropitas para regalarle a la nena. Era terrible la pobreza que tenían…”

Fue también en Tala donde trabó  una relación de amistad muy afectuosa y profunda con dos “horcones entrerrianos”, a los cuales hace referencia en “Sin caballo y en Montiel”: Cipriano Vila y Climaco Acosta.

Atahualpa, en ese contexto, se fue haciendo del sentir entrerriano. Su guitarra, que siempre lo acompañaba, le regalaba sus sonidos para acompañar  las poesías que inspiraban sus nuevas musas: La idiosincrasia del entrerriano, el río y el monte, pero también la situación social de desigualdades que veía en todos lados. Es en éste marco donde, nos cuenta Víctor, Atahualpa tuvo la, tal vez, mayor revelación de su vida:

“ De todas las emociones que iban apareciendo en este camino de rastrear sus pasos por la provincia, hay una que fue más que especial: Atahualpa descubrió su vocación en la maraña de la selva montielera. El mismo lo dice!... Vivió en un ranchito de paja y barro a orillas del Gualeguay, se levantaba todas las mañanas con el canto de los pájaros y el sonido del agua al correr, andaba a caballo por toda la región… Ese entorno determinócuálsería su destino!”

 

“Allí – cuenta Yupanqui – me reencontré con el paisaje, y descubrí la hondura de mi vocación…”

 

(Continuara)

 

Enzo Rodríguez:  especial para www.diamanteradio.com

 

 

 

 

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