El Gobernador de Entre Ríos no parece ser un hombre ilustrado: no se le conocen gustos literarios, la gestión cultural de su gobierno tiene un vuelo rasante, y se siente más a gusto en el mundo del fútbol y del teatro de varieté que en cualquier otro sitio.
Por Ricardo Leguizamón

La Provincia que se retrata en el espejo del Gobernador

El Gobernador de Entre Ríos no parece ser un hombre ilustrado: no se le conocen gustos literarios, la gestión cultural de su gobierno tiene un vuelo rasante, y se siente más a gusto en el mundo del fútbol y del teatro de varieté que en cualquier otro sitio.

No tiene por qué ser un hombre que se vanaglorie de lo que lee, ni estar contando por todos lados lo que tiene en su biblioteca. Los últimos gobernadores de la democracia han tenido ese bajo perfil cultural, digamos: apenas han despegado los pies del suelo en esa materia. Ahora, por ejemplo, en marzo, dos escritores entrerrianos irán como parte de la delegación de 48 intelectuales argentinos al Salón del Libro de París: Selva Almada y Armando Calveyra, pero aquí nadie se ha dado por enterado. Un error político, más que una falta de lectura.

Carnaval, termas, y cocineros argentinos no parece ser la única fórmula: siempre hay algo más allá. Pero aquí nadie parece ver ese algo más. Y hay, siempre, más de lo mismo.

Y el Gobernador opta por alegrarse con lo que hay, y hoy mismo lo dijo en la Legislatura, en el discurso que pronunció en la apertura de sesiones ordinarias.

El Gobernador produjo un bautizo lingüístico y usó la palabra “involucrante”, un vocablo que el Diccionario de la Real Academia no registra, y lo hizo para hablar de su gobierno.

Dijo el Gobernador que “nadie puede decir que no han sido seis años de crecimiento pleno, fuerte, relevante, sostenido, desplegado en toda la provincia, involucrante de miles y miles de personas y de casi todos los sectores”.

La Provincia que ve el Gobernador no parece ser la Provincia que ven todos, pero él se conforta con lo que ve, y lo cuenta.

“En Entre Ríos –dijo el Gobernador, y lo dijo en ese escenario impostado de la Legislatura, como hablándole al mundo, hablándole a unos pocos– miles y miles de personas han visto satisfecho su deseo de progreso individual o familiar expresado a veces en el acceso al consumo, a la vivienda, a la transportación, al turismo, a ciertos bienes culturales, a la educación superior, a los bienes durables. Y también, más colectivamente, han accedido al progreso a través de los beneficios de nuestro impresionante programa de infraestructura. Hecho, este último, que nadie en su sano juicio podría cuestionar y que por sí sólo –objetivamente- habría bastado para ubicarnos bastante arriba entre los gobiernos más exitosos de la historia de esta bendita provincia”.

Sin derrapar hacia la insania –el Gobernador teme que quien ponga reparos a su progreso discursivo caiga en la insania—se puede decir que hay otros escenarios posibles, menos benévolos, con más grises, con huecos por donde se cuela la desigualdad, la exclusión, la falta de políticas, la torpeza administrativa, el error. Eso, al menos.

El progreso de los pueblos no se mide en cuántas heladeras hay, ni en cuántos kilómetros de carreteras se construyen, ni con qué número de toneladas de citrus se exportan, ni de qué modo la gente se equipa con un Smart TV en cómodas cuotas, ni qué tantas horas de viaje acumula a algún sitio turístico. Eso no lo es todo.

El “acceso al consumo, a la vivienda, a la transportación, al turismo, a ciertos bienes culturales, a la educación superior, a los bienes durables” alcanza a una franja de la sociedad, no a toda.

Hay exclusión educativa –sólo basta preguntar qué pasa con la escuela secundaria–; hay bolsones de pobreza que no logran alcanzar las mieles del modelo; hay una persistente tasa de trabajo en negro –un índice superior al 27%, según cifras oficiales–; hay un resquebrajamiento de la cobertura sanitaria –el no resuelto conflicto en la Maternidad del San Roque lo dejó expuesto de modo voraz–; y hay –la lista puede seguir—una deuda todavía no saldada con la transparencia de gobierno.

Pero el Gobernador parece mirar más la imagen que mejor le devuelve el espejo, y subido a la tarima de un ego atado a una proyección nacional, se vanagloria de su buena administración, de su buen gobierno.

La prosa de dudosa sintaxis de su discurso ante la Legislatura así lo reflejó: “Y, nosotros, a las pruebas y a la realidad palpable, creemos que durante seis años hemos estado a la altura de los acontecimientos, siendo eficaces, realizadores y proyectando a la provincia como un lugar de expectativas y oportunidades”.

La Provincia, lo dice la oposición, se ha endeuda, y en dólares; la obra pública zozobra; y la presión salarial de los empleados del Estado pone en aprietas a la gestión provincial, aunque nada de eso parece opacar el buen humor del Gobernador, que, subido otra vez a su sueño electoral, está convencido de que los entrerrianos han recuperado su autoestima.

A fin de cuentas, en eso también el Gobernador dice haber tenido algo que ver.

 

 

Ricardo Leguizamón

De la Redacción de Entre Ríos Ahora.

En Twitter: @ricleguizamon

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